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La Mujer

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La Mujer

Durante la Segunda República y la Guerra Civil la mujer había obtenido un papel distinguido en la vida civil y política, que desaparecerá con la victoria sublevada en abril de 1939, en detrimento de un modelo social católico conservador reducido a las labores domésticas.

En el periodo de Entreguerras habían tenido lugar importantes movimientos sociales en el mundo occidental, sobre todo por parte de la juventud y las mujeres, que aparecieron como protagonistas en la vida pública y política del momento.

Para la mujer, la Segunda República va a significar un periodo donde conocerá una equiparación de sus derechos con respecto al hombre, plasmándose con su introducción en la Constitución de 1931 mediante “la legalización del matrimonio civil; el divorcio; la igualdad de derechos en la familia de los hijos legítimos e ilegítimos; el sufragio pasivo, en un primer momento, y el derecho a voto”, posteriormente. No obstante, se debe tener en cuenta que esto es solo el marco legal, muy diferente a la hora de poner en práctica todas esas remuneraciones, puesto que la sociedad de esta época no asimilaba tan bruscamente estos cambios, incluso por parte de los partidos de izquierda y las propias mujeres.

La maquinaria represiva franquista contra con las mujeres alcanzó un alto número de víctimas, aunque en mucha menor proporción si se compara con el porcentaje de hombres, representando la mujer un 3% del total de las víctimas. No solo fueron víctimas durante el periodo bélico, sino que entre los años 1939 y 1940 fueron ejecutadas en torno a unas mil, entre las que destacan las célebres “13 rosas”, jóvenes de entre 17 y 21 años acusadas de reformar las Juventudes Socialistas Unificadas, y fusiladas en agosto de 1939.

La mayoría de las mujeres detenidas van a ser activistas en la militancia política o sindical y asociadas a la República, cuyo argumento más rápido de justificación de la detención era la denuncia pública o particular, procediendo inmediatamente al arresto por parte de soldados, falangistas o fuerzas del orden.

El régimen franquista contaba en su ideario con la implantación y el mantenimiento del matrimonio tradicional, justificado por la Iglesia Católica, por lo que redujo el papel de la mujer a la de madre y esposa. En los años republicanos la mujer consiguió salir del ámbito doméstico a la que había estado relegada, llegando a militar en partidos políticos o sindicatos, a vestirse con prendas masculinas o a introducirse en las milicias. Actividades que no les serán perdonadas por el régimen autoritario, al igual que serán perseguidos los familiares de miembros políticos de izquierdas.

Igualmente, son víctimas de la represión aquellas mujeres madres, hijas o esposas de “rojos” que tuvieron que soportar la humillación social mediante la obligada ingestión de aceite de ricino o el rapado de sus cabezas. Prácticamente, la totalidad de las mujeres del pueblo eran analfabetas, acostumbradas a la rutina del trabajo en el domicilio, en el campo u otras labores específicas en el pueblo, las cuales desempeñarán distintos trabajos a lo largo de su vida, según la edad y los periodos:

“…con 16 años me fui a trabajar a la calle, a las casas a servir. Yo ganaba igual que le daban los ricachones a las suyas –empleadas–, yo les decía ¨si tú me das quinientas pesetas al mes me vengo mañana¨ […] limpiaba con las rodillas en el suelo…”.

Al mismo tiempo que combinaban unos trabajos con otros en el mismo día:

“…también he recogido algodón, todo el día tenías que estar agachado con un saco entre las piernas […] a unos seis reales el kilo, era muy duro, con las tierras muy lejos…”.

La mujer de esta época, difícilmente estará preparada para mantener a una familia sin el marido, en muchos de los casos, huido, detenido o muerto, a causa de ser víctima de la represión o luchando en el frente, en cualquiera de los dos bandos:

“Los niños no teníamos mucho conocimiento de lo que era la guerra, pero nuestras madres sí, y ellas decían: ¨veremos a ver el que vuelve de la guerra¨”.

Así que, va a ser una época donde se verían calles llenas de mujeres enlutadas, que buscarán contrarrestar el hambre y la miseria encalando casas, pastoreando o sumergiéndose en el estraperlo.

A muchas de ellas tras ser detenidas se les rapaba el pelo, y, posteriormente, algunas eran golpeadas o paseadas para burla del pueblo:

“Aquí pelaron a 10 o 12 mujeres, en la casa que hay enfrente del Ayuntamiento, las pusieron ahí, peladas para que las viera todo el mundo […] yo las conocía a todas las que había y ellas no hicieron nada, solo porque eran de izquierdas”.

Este castigo es un claro distintivo diferenciador del resto de la población, no tenía por qué estar asociado al cumplimiento de pena, sino que servía como muestra o advertimiento del poder que ponía en posición de humillación al contrario.